Aquellos días de julio de 1936 en La Línea de la Concepción

Aquellos días de julio de 1936 en La Línea de la Concepción

Se cumplen noventa años del comienzo de la Guerra Civil española, un acontecimiento que marcó profundamente a varias generaciones y cuya huella sigue formando parte de nuestra memoria colectiva. Más allá de las grandes batallas y de los principales escenarios del conflicto, hubo ciudades donde la guerra se vivió con un dramatismo difícil de imaginar. La Línea de la Concepción fue una de ellas. Allí, el bullicio de aquellos días de Feria quedó sepultado por el estruendo de los disparos. Apenas unas horas bastaron para que la ciudad descubriera el miedo, el llanto y un largo luto que habría de marcar durante décadas la vida de los linenses.

Las guerras nunca llegan igual a todas las ciudades. En unas avanzan lentamente; en otras irrumpen de forma repentina. En todas, sin embargo, terminan transformando la vida para siempre. La Línea no era una ciudad cualquiera en el verano de 1936. Fruto del desgajo histórico de Gibraltar, la ciudad había crecido mirando cada día hacia el Peñón, tan cerca y tan distante a la vez. Por entonces, sus habitantes convivían con dos realidades estrechamente vinculadas. Para miles de familias linenses, Gibraltar representaba mucho más que un lugar de trabajo; de los jornales obtenidos al otro lado dependía, en buena medida, el sustento diario de sus hogares. Al mismo tiempo, la colonia británica dependía también de la mano de obra española para mantener en funcionamiento buena parte de sus actividades civiles y militares.

Las primeras noticias comenzaron a llegar durante la tarde del 17 de julio. No procedían de comunicados oficiales, sino de las conversaciones de quienes regresaban de Gibraltar al finalizar su jornada laboral. En torno a la Explanada comenzaron a formarse corrillos donde los rumores se mezclaban con la inquietud. Se hablaba de un levantamiento militar en Melilla y de movimientos de tropas en el Protectorado, pero nadie llegaba todavía a comprender la verdadera magnitud de aquellas noticias. En las horas siguientes, una representación del Ayuntamiento y de algunas de las principales fuerzas políticas locales se desplazó a Algeciras para tratar de conocer la verdadera situación y recabar información de las autoridades competentes. Mientras tanto, en La Línea, la preocupación comenzaba, casi imperceptiblemente, a abrirse paso entre una población que todavía ignoraba hasta qué punto aquellos rumores acabarían alterando su vida.

Al amanecer del domingo 18 de julio, los rumores de la víspera comenzaron a convertirse en dramáticas certezas. Conforme avanzaban las horas, las emisiones radiofónicas terminaron por disipar las dudas: las noticias que llegaban de distintos puntos del país confirmaban que el golpe de Estado era ya una realidad. Mientras tanto, en La Línea, el cuartel Ballesteros vivía horas decisivas. La guarnición no se adhirió inicialmente al levantamiento y enseguida afloraron posiciones enfrentadas. En el cuartel llegaron a producirse intercambios de disparos, circunstancia que no tardó en conocerse fuera de sus muros y provocó que un número creciente de vecinos comenzara a concentrarse en sus inmediaciones, pendiente de cuanto pudiera suceder. Finalmente, los militares comprometidos con la sublevación fueron reducidos, arrestados y escoltados hasta la frontera de Gibraltar, donde recibieron la protección de sectores locales favorables al golpe. Allí permanecieron, a la espera de la evolución de los acontecimientos. Entretanto, en Algeciras, el teniente coronel Coco ordenó la declaración del estado de guerra en el Campo de Gibraltar.

El 19 de julio, la muerte llamó a la puerta de la ciudad. Los acontecimientos se sucedieron con inusitada rapidez. Las fuerzas insurrectas, integradas por tropas de Regulares —en su mayoría marroquíes— al mando del comandante Amador de los Ríos, desembarcaron en Algeciras, procedentes de Ceuta, y se dirigieron hacia La Línea, con la misión de asegurar el control de una ciudad de extraordinario valor estratégico por su condición fronteriza, someter definitivamente al cuartel Ballesteros y proclamar el estado de guerra. Durante su avance, se les fueron uniendo efectivos de las fuerzas de orden público, así como miembros de Falange y del Requeté.

En las primeras horas de la tarde, las tropas alcanzaron el cuartel Ballesteros. Tras una larga y tensa deliberación, la guarnición había acordado no ofrecer resistencia y permitió la entrada de las fuerzas insurrectas después de que varios de sus militares salieran a su encuentro portando una bandera blanca, confirmando así la decisión adoptada.

La ruptura del orden establecido se había hecho visible desde las primeras horas de aquella jornada. En distintos puntos de la ciudad se sucedieron saqueos y asaltos contra viviendas y establecimientos de personas identificadas con la derecha, entre ellos consultas médicas, una farmacia y diversos comercios. La consolidación del control de la ciudad por los sublevados aceleró el derrumbe de una normalidad que apenas unas horas antes parecía inalterable.

En medio de la confusión que se vivía en las inmediaciones del cuartel Ballesteros, se produjo un disparo contra las tropas que custodiaban la entrada. La respuesta fue inmediata. Desde el cuartel se abrió un intenso fuego que pronto se extendió a sus alrededores, dispersando a quienes permanecían allí congregados y dando paso a la persecución de numerosos civiles por las calles próximas y la plaza Vieja. El enfrentamiento causó varios muertos y heridos. Poco después, una vez asegurado el control de la situación, hacia las siete de la tarde el comandante Amador de los Ríos proclamó, mediante un bando, el estado de guerra, haciendo visible ante la población el nuevo poder impuesto por los sublevados.

Las tropas recorrieron entonces las principales calles de La Línea, dando lectura al bando de guerra, acompañadas por la banda de cornetas y tambores. A su paso, numerosos niños siguieron la comitiva con la ingenuidad propia de su edad, como si se tratara de un acto más de la Velada y Feria. Sin embargo, cuando la columna atravesaba la plaza Fariñas, donde se concentraban numerosos vecinos, la situación cambió de forma dramática. En medio de la confusión provocada por un estruendo cuyo origen nunca pudo esclarecerse por completo, las tropas abrieron fuego sobre las personas que se encontraban en la plaza y sobre quienes seguían la comitiva. El balance fue de un elevado número de muertos y heridos entre la población civil. En un primer momento, muchos vecinos llegaron incluso a confundir aquellas detonaciones con las tracas anunciadas para aquella jornada festiva, pero pronto comprendieron que, desde aquel instante, la guerra había dejado de ser una noticia llegada desde otros lugares para instalarse definitivamente en la vida cotidiana de los linenses. La ciudad ya no volvería a ser la misma.

Con la llegada de la noche del 19 de julio, el pánico se apoderó de las calles de La Línea. Los rumores dieron paso a la certeza y el desconcierto comenzó a extenderse con rapidez. En aquellas primeras horas se oyeron disparos aislados en distintos puntos de la ciudad, como La Pedrera, La Colonia y El Zabal; en La Atunara fueron especialmente intensos. Piquetes armados, integrados en su mayoría por miembros de Falange, recorrieron las calles en busca de personas vinculadas a organizaciones de izquierda o simplemente denunciadas por viejas rivalidades personales. Bastaba el señalamiento de un vecino, de un compañero de trabajo, de un antiguo conocido o incluso una palabra imprudente o un simple rumor para cambiar el destino de una persona y el de toda su familia. Se sucedieron los registros en viviendas y locales considerados sospechosos de ocultar a desafectos al nuevo poder, mientras se producían los primeros asaltos y las detenciones en domicilios y calles con extraordinaria rapidez. Numerosos vecinos escondieron o destruyeron la documentación que pudiera comprometerlos; los pozos de muchos patios se convirtieron en improvisados escondites.

No tardaron en producirse huidas precipitadas. Unos buscaron refugio en Sierra Carbonera; otros se dirigieron hacia Gibraltar convencidos de que la cercanía del Peñón podría ofrecerles protección. La frontera, que permanecía abierta hasta altas horas de la madrugada con motivo de la inminente celebración de la Velada, ofrecía una imagen insólita. A los numerosos británicos que regresaban apresuradamente al Peñón desde distintos puntos de la comarca se unieron centenares de linenses que trataban de encontrar allí un refugio seguro. Poco después, la frontera quedó cerrada y, posteriormente, el acceso de ciudadanos españoles pasó a estar sometido a fuertes restricciones, quedando el puesto fronterizo estrechamente vigilado. Algunos intentaron entonces alcanzar Gibraltar en pequeñas embarcaciones o incluso a nado. Aunque las autoridades británicas terminaron permitiendo la entrada de numerosos refugiados, muchos fueron concentrados, con el paso de los días, en el campamento provisional de Victoria Garden. Aquel lugar acabaría convirtiéndose, para algunos, en una trampa de Falange, favorecida por la colaboración de determinadas autoridades, empresarios y personalidades gibraltareñas afines a los sublevados, que facilitaron la entrega en la frontera de parte de quienes habían buscado allí protección. A pesar de ello, la acogida dispensada a centenares de refugiados permitió salvar numerosas vidas.

Los primeros cadáveres comenzaron a llegar al cementerio municipal en vehículos requisados, y fueron apilados junto a la puerta, mientras las dependencias del Círculo Mercantil empezaban a utilizarse bajo la dirección de Servando Casas, jefe local de Falange, para recluir a los detenidos, muchos de los cuales jamás volverían a reunirse con sus familias. La represión comenzaba así a organizarse de forma sistemática.

La guerra otorgó también una nueva dimensión a la histórica relación económica que la ciudad mantenía con Gibraltar. La escasez de alimentos no tardó en hacerse sentir, aunque la proximidad del Peñón contribuyó a aliviar parcialmente el abastecimiento de buena parte del Campo de Gibraltar. El pequeño comercio fronterizo y el tradicional matuteo adquirieron entonces una importancia decisiva para la supervivencia de numerosas familias.

Fueron sobre todo mujeres, muchas de ellas madres y abuelas, viudas o con sus maridos encarcelados, desaparecidos o movilizados, quienes sostuvieron aquel esfuerzo diario. No cruzaban la frontera en busca de fortuna, sino de alimento. Cargaban con pequeños paquetes de artículos de primera necesidad que permitían aliviar la penuria de innumerables hogares. Vestidas casi siempre de negro, regresaban de Gibraltar en largas hileras, cargadas apenas con «las migajas de sus riquezas». Los gibraltareños terminaron bautizando aquella silenciosa procesión con el expresivo nombre de «contrabando de hormigas», una denominación que quizá evocaba no solo aquellas interminables filas, sino también el luto que muchas de ellas vestían desde el inicio de la guerra.

Precisamente por su condición fronteriza, La Línea desempeñó durante la guerra un papel que iba mucho más allá de su posición estratégica. Gibraltar no solo contribuyó a aliviar el abastecimiento de la población civil, sino que convirtió a la ciudad en una de las primeras retaguardias peninsulares del Ejército de África. Desde allí se articularon ayudas exteriores, suministros y buena parte de la logística que acompañó a los sublevados en el desarrollo inicial de la guerra en el extremo sur de la Península.

Aquella función desempeñada por Gibraltar y La Línea no surgió de forma improvisada. La visita realizada por el general Franco a Gibraltar en marzo de 1935 constituye un claro testimonio del interés que despertaba ya entonces el control de este enclave fronterizo. Aquella posición condicionó profundamente el papel que la ciudad desempeñaría a lo largo de toda la contienda. Sin embargo, ninguna consideración estratégica puede ocultar que fueron los habitantes de La Línea quienes hubieron de afrontar las consecuencias más duras de la guerra.

La violencia dejó entonces de ser un episodio aislado para convertirse en una realidad cotidiana que marcaría profundamente la vida de la ciudad. Durante décadas, el miedo, el silencio y el luto formaron parte de la memoria de miles de familias linenses. Noventa años después, cuando ya casi no quedan testigos de aquellos acontecimientos, recordarlos no significa reabrir viejas trincheras ni perpetuar las divisiones del pasado. Significa comprender mejor una parte esencial de nuestra historia, porque solo el conocimiento sereno, el rigor y la memoria compartida permiten honrar a quienes padecieron aquella tragedia.

Conocer lo sucedido ya no debería servir para prolongar enfrentamientos heredados, sino para comprender mejor a quienes los padecieron. Nuestros abuelos, que soportaron el peso de aquella tragedia, difícilmente entenderían otra cosa. Las generaciones futuras, sencillamente, merecen recibir una memoria asentada en el conocimiento, el rigor y el respeto a quienes la vivieron.

 

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