Cuando el corazón recuerda lo que la memoria olvida

Cuando el corazón recuerda lo que la mente olvida

José Beneroso Santos

Hay miradas que siguen diciendo lo que las palabras ya no consiguen expresar. Cuando los olvidos enraízan en la memoria, se navega entre tinieblas que ningún faro alcanza a iluminar. El recorrido de una lágrima pasa a ser la única respuesta y pequeñas grietas empiezan a abrirse camino en el paisaje de una vida.

Al principio apenas se advierten. Un nombre que tarda en llegar. Un rostro que parece familiar, aunque su recuerdo se haya quedado en algún rincón lejano. Una fecha que pierde su sitio. Después los días empiezan a confundirse con las noches y el tiempo parece obedecer a un reloj propio, detenido en una hora que solo él conoce. Lo que siempre fue familiar empieza a resultar extraño.

Y llegan también los pequeños escondrijos. Restos de comida guardados para después, como si estuvieran reservados para un banquete que nunca tendrá lugar. No es necesario preguntar por qué.

Frente al espejo, el propio rostro puede resultar extraño. Ya no siempre se reconoce aquello que devuelve el cristal. Una mano peina, acomoda, acaricia… Y aparece una sonrisa, apenas una mueca en la comisura de los labios. Tal vez no sepa quién está detrás de aquella mano, pero acepta la caricia. Esa pequeña sonrisa basta. Porque no todo se pierde al mismo tiempo.

Las palabras comienzan a retirarse, quedando solo las voces. Una voz conocida puede despertar lo que un nombre ya no consigue. Queda también la música. De una garganta que parecía haber olvidado tantas cosas, llegan retazos de un viejo pasodoble. Los dedos repiquetean sobre la mesa, como si aún recordaran el ritmo. Durante unos instantes regresa algo que nadie ha pedido que vuelva: una fiesta, una calle, un verano, una juventud.

No sabemos qué recuerdo ha regresado, pero algo ha sucedido. Una lágrima brota inesperadamente, a la que le siguen muchas más. Ya no hace falta un porqué. Su recorrido puede ser la única respuesta cuando las palabras ya no encuentran el camino.

Y quedan las manos. Una mano busca otra y, al encontrarla, se cierra sobre ella con fuerza, como si quisiera transmitir un mensaje que ningún lenguaje sería capaz de pronunciar. Quizá ya no reconozca a quien le acompaña, pero ese contacto todavía habla. Hay cosas que caen en el olvido y que las manos parecen recordar.

Cuidar es también aprender a acompañar de otra manera. Alisar el cabello. Acariciar un rostro. Acomodar una manta. Repetir una canción. Besar una frente. Volver a contar una historia, aunque mañana de nuevo haya que contarla. Son pequeños gestos con los que se intenta sostener aquello que poco a poco quiere desprenderse, suturando las heridas del olvido con hilos de amor. Reunir los fragmentos, dar forma a una nueva película en la que quizá falten escenas, personajes y lugares, pero permanezca todavía aquello que los unía: la emoción.

Porque un recuerdo puede perder su nombre y conservar su sentimiento. Puede desaparecer la historia y permanecer la huella. Y entonces el cariño aprende a hacerse presente de otro modo. De nuevo aprendiste a dar besos en las nubes del olvido. Y yo aprendí a encontrarte en ellos.

Quizá el cariño tenga esa extraña virtud y no necesite ser explicado para existir. A veces basta una mirada, una sonrisa que apenas asoma, una caricia que no pregunta.

Aparecen otras miradas que acompañan una vida. Entran en su intimidad sin avisar y logran insertarse en su soledad. Primero permanecen poco tiempo; después, algo más. No traen recuerdos ni podrán devolver los que se han perdido, pero surge una complicidad que difícilmente se romperá. Lo que antes resultaba extraño termina siendo familiar.

A veces, junto a esas miradas, llegan habitaciones desconocidas, tareas nuevas y otras soledades que se cruzan con la suya. Historias parecidas que durante un tiempo la acompañarán, y rostros que aparecen y desaparecen y que quizá tampoco recuerden cómo llegaron hasta allí. Y entre tanta oscuridad y confusión, una imagen familiar irrumpe en la rutina: una sonrisa, unos besos, unas caricias. Son instantes que siempre saben a poco. Ahora son las emociones las que permanecen, porque nada tienen que pedirle a la memoria.

Quizá sea en estas expresiones donde se encuentre la forma más silenciosa del amor: estar cuando ya no se reconoce nuestra presencia, seguir ofreciendo una mirada aun sabiendo que no habrá respuesta ni será recordada. La compasión, la ternura, el sosiego asisten en la desesperanza. Hay afectos que no necesitan ser mostrados para ser percibidos. Basta con estar. Con permanecer. Con amparar el desaliento.

Y entonces comprendemos que no todo se pierde. Que no se trata de vencer el olvido, sino de aferrarnos a los sentimientos. Porque la mente puede olvidar lo vivido, pero quizá esa no sea la última memoria: queda también la que conserva aquello que alguna vez nos hizo sentir queridos. Y esa solo reside en el corazón.

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